
Y cuesta
entender que las peores heridas, las más profundas, nos la hemos hecho nosotros
mismos esperando que viniese alguien a curarnos. Esperando siempre que una mano
nos ayudara en cada momento de nuestras vidas. Esperando y confiando ciegamente
en que no nos soltasen. Y claro, llega ese momento, en el que cuando menos te
lo esperas, te sueltan en el borde de un precipicio, sin nada a lo que
agarrarte y te dejan ahí, como si nada. Y caes, y la caída es demasiado dura. Toca volver a limpiarte una
vez más esas heridas, pero ésta vez sola. Y son tantas las cicatrices ya, que quizás
no importe llevar una más encima. Y no es tanto el dolor físico como el de
saber que te toca una vez más enfrentarte sola a todo. Y con las heridas aún
abiertas, llega un momento en el que caes a plomo superada por la situación,
como cuando te dejaron caer al precipicio, y es ahí cuando te das cuenta de que
quizás has tenido que perderte en un momento de tu vida para encontrarte con
quien de verdad siempre has querido ser. Y es en ese momento cuando te paras a pensar en porqué nadie te
tiró tan fuerte antes, porqué nadie te rompió en tantos pedazos y de ese modo
reencontrarte antes con tu otro “yo”. Ése al que echabas de menos, al que
quizás llevabas echando de menos toda la
vida y que ahora está a punto de volver.
Y cuando por
fin te das cuenta de que tu vida no ha hecho nada mas que empezar, que la vida
consiste en caer y levantarse, mientras tropiezas con algo nuevo cada día, lo
ves todo de otro color. Un color que ni siquiera sabias que existía. Y te
agarras con fuerza, con ilusión, con decisión, con ganas, muchas ganas al
presente. Sabiendo que sólo tenemos ese instante, que el pasado ya pasó y que
el futuro está delante. Sólo tenemos una hoja en blanco en la que pintar
nuestro destino y ya está bien de tantos garabatos. Nunca más creer que lo
triste durará más que nuestras fuerzas. Depende de nosotros. Y yo, no pienso
perder mas mi tiempo. Que como dice la frase: vive tu vida que nadie va a morir
por ti.
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